Dame la sabiduría asistente de tu trono...

 Dios de los padres y Señor de misericordia,

que con tu palabra hiciste todas las cosas,
y en tu sabiduría formaste al hombre,
para que dominase sobre tus criaturas,
y para regir el mundo con santidad y justicia,
y para administrar justicia con rectitud de corazón.

Dame la sabiduría asistente de tu trono
y no me excluyas del número de tus siervos,
porque siervo tuyo soy, hijo de tu sierva,
hombre débil y de pocos años,
demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes.

Pues, aunque uno sea perfecto
entre los hijos de los hombres,
sin la sabiduría, que procede de ti,
será estimado en nada.

Contigo está la sabiduría, conocedora de tus obras,
que te asistió cuando hacías el mundo,
y que sabe lo que es grato a tus ojos
y lo que es recto según tus preceptos.

Mándala desde tus santos cielos,
y de tu trono de gloria envíala,
para que me asista en mis trabajos
y venga yo a saber lo que te es grato.

Porque ella conoce y entiende todas las cosas,
y me guiará prudentemente en mis obras,
y me guardará en su esplendor.

(Fragmento de la Oración de Salomón al Altísimo en petición de la Sabiduría)

Oh Dios, crea en mí un corazón puro

 Oh Dios, crea en mí un corazón puro,

renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

(Fragmento del Salmo 50)

Si buscas mediante el discurso racional al que es inefable...

 Si buscas mediante el discurso racional al que es inefable, te quedarás muy lejos, más de lo que estabas; pero si, lo buscas mediante la fe, la sabiduría estará a la puerta, que es donde tiene su morada, y allí será contemplada, en parte por lo menos.


(San Columbano, abad)

¿Quién será capaz de penetrar en el conocimiento del Altísimo?

 ¿Quién será capaz de penetrar en el conocimiento del Altísimo, si tenemos en cuenta lo inefable e incomprensible de su ser? ¿quién podrá investigar las profundidades de Dios? ¿Quién podrá gloriarse de conocer al Dios infinito que todo lo llena y todo lo rodea, que todo lo penetra y todo lo supera, que todo lo abarca y todo lo trasciende? A Dios nadie lo ha visto jamás tal cuál es. Nadie, pues, tenga la presunción de preguntarse sobre lo indescifrable de Dios, qué fue, cómo fue, quién fue. Estas son cosas inefables, inescrutables, impenetrables; limítate a creer con sencillez, pero con firmeza, que Dios es y será tal cual fue, porque es inmutable.


(San Columbano, abad)

Ni el ojo vio, ni el oído oyó.....

 Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.



(San Pablo, 1 Corintios 2,9)

No te dejes arrebatar por la cólera....

 No te dejes arrebatar por la cólera, porque la cólera se aloja en el pecho del necio. no preguntes: "¿Porqué los tiempos pasados eran mejores que los de ahora?". Eso no lo pregunta un sabio.


(Eclesiastés)

Más vale escuchar la reprensión de un sabio.....

 Más vale escuchar la reprensión de un sabio que escuchar la copla de un necio, porque el jolgorio de los necios es como crepitar de zarzas bajo la olla.


(Eclesiastés)

Más vale buena fama que buen perfume....

 Más vale buena fama que buen perfume, y el Día de la muerte que el del nacimiento. Más vale visitar la casa en duelo que la casa en fiestas, porque en eso acaba todo hombre; y el vivo, que se lo aplique. Más vale sufrir que reir, pues dolor por fuera cura por dentro. El sabio piensa en la casa en duelo, el necio piensa en la casa en fiesta.


(Eclesiastes)

¡Que abismo de generosidad, de sabiduría......!

 ¡Que abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!


(Romanos 11,33)

Breve biografía de San Benito

El Padre del monacato occidental, San Benito, tomó la decisión de abandonar la bulliciosa Roma y el mundo secular para escapar de la vida licenciosa que caracterizaba a dicha ciudad en su época. Optó por llevar una vida de ermitaño durante un extenso período en una región rocosa y salvaje de Italia. En aquel tiempo, en lugares como Vicovaro, Tívoli y Subiaco, sobre la cima de un acantilado que se alzaba majestuosamente sobre el río Anio, residía una comunidad de monjes que se encontraba en una encrucijada. Su abad había fallecido, lo que los llevó a buscar a San Benito para que asumiera su posición. Al principio, él se mostró renuente, pero ante la persistencia de la comunidad, finalmente aceptó.

Sin embargo, se hizo evidente que las estrictas normas de disciplina monástica que San Benito deseaba aplicar, tales como la vida en celdas esculpidas en las rocas, no eran del agrado de todos los monjes. Como resultado, regresó a Subiaco el mismo día en que había aceptado la posición, pero no con la intención de continuar su vida de retiro. Más bien, tenía un propósito más grande que Dios le había encomendado después de esos tres años de vida oculta.

En poco tiempo, discípulos se congregaron a su alrededor, atraídos por su santidad y sus prodigiosos poderes. San Benito se encontró entonces en la posición de llevar a cabo su grandioso proyecto de "reunir en un solo lugar a muchas y diversas familias de santos monjes que estaban dispersos en varios monasterios y regiones, con el fin de unirlos como un solo rebaño según el deseo de Dios. Esto era para establecer una casa de Dios bajo una observancia regular y dedicada a la perpetua alabanza del nombre de Dios". En consecuencia, organizó a aquellos que deseaban seguir su dirección en 12 monasterios de madera, cada uno con su propio prior. San Benito ostentaba la autoridad suprema sobre todos ellos y vivía con un selecto grupo de seguidores a quienes deseaba instruir con especial cuidado.

Debido a desavenencias con el sacerdote Florencio, San Benito se trasladó a Monte Cassino. En esta región, sobre las ruinas del antiguo templo de Apolo, al que los habitantes solían rendir culto antes de su llegada, construyó dos capillas y erigió la abadía de Monte Cassino alrededor del año 530. Fue desde este lugar que emanó la influencia que desempeñaría un papel crucial en la cristianización y civilización de la Europa posterior al Imperio Romano. Fue posiblemente durante este período que comenzó a codificar su "Regla", destinada a todos aquellos que, al renunciar a sus propios deseos, tomaran la "fuerte y resplandeciente armadura de la obediencia" para luchar bajo la bandera de Cristo, su verdadero Rey. Esta Regla prescribía una vida de oración litúrgica, estudio y trabajo llevados a cabo en comunidad, bajo la guía de un padre común.

San Benito predijo la fecha de su propia muerte y en su último día, recibió el Cuerpo y la Sangre del Señor. Finalmente, fue sepultado junto a su hermana, santa Escolástica, en el lugar donde una vez se alzó el altar de Apolo, el cual él mismo destruyó, en Monte Cassino. Su legado perdura a lo largo de los siglos, como una figura influyente en el monasticismo y la historia de la Iglesia.